Patria cuenta la historia de dos familias que viven en un pueblo a poca distancia de San Sebastián, familias en un principio unidas por una estrecha amistad, pero pronto enemistadas por razones políticas, y víctimas de una mutua y creciente animadversión alimentada por las madres, ejes centrales de la narración. La acción abarca cerca de tres décadas, desde mediados de los años ochenta hasta varios meses después de la declaración del cese definitivo de la violencia por parte de ETA en octubre de 2011. Pese a esta enemistad, algunos de los hijos de ambas familias siguen relacionándose en secreto. La primera familia prospera económicamente gracias a la capacidad emprendedora del padre, quien regenta una empresa de transportes en las afueras del pueblo. Su vida y la de sus familiares cambia de forma brusca al ser él víctima de la extorsión de ETA. Más tarde será asesinado, y este hecho afectará de distintas maneras a cada uno de los miembros de ambas familias. En la segunda familia, uno de los hijos ingresará en ETA, participará en una serie de atentados y terminará en la cárcel. Por un destino trágico acabará en el comando que se propone asesinar al que ha sido su vecino de toda la vida, el padre de sus amigos.
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jueves, 5 de enero de 2017
Las letras entornadas
Con la excusa de dar compañía a un hombre solitario, culto y gran lector, un joven acuerda citarse con él en torno a una botella de vino, y charlar sobre los libros que deberían formar parte de cualquier biblioteca. El diálogo permite algunas exposiciones sobre los autores, las obras, los personajes, y todo cuanto acompaña a los buenos libros. Al final, lo que iba a ser un canon se convierte en una inteligente invitación a la vida, y también a los placeres que ésta nos ofrece.
Ávidas pretensiones
Con la llegada de la primavera, el pueblo de Morilla del Pinar se prepara para recibir a lo más granado del panorama lírico español, que acude a las terceras Jornadas Poéticas, celebradas anualmente en el Convento de las Espinosas. La reunión de tres días se presenta como la oportunidad perfecta para el desvarío de los participantes, que llegan con ganas de juerga y un objetivo común entre ceja y ceja: el sexo, la diversión y la gloria literaria, acompañada preferiblemente de un pisotón al contrario.
Todo es posible en estos encuentros. Si algo puede acabar mal, terminará peor en unas jornadas que difícilmente podrán volver a convocarse. Un recorrido por las miserias del mundillo poético en una comedia de enredos que, a pesar de su mordacidad, no está exenta de cierta dosis de ternura, la auténtica receta del buen humor. Un perfecto dominio del lenguaje, la brillantez lúdica en el tono solemne del narrador y la parodia gamberra de la trama son los ingredientes que Fernando Aramburu ha puesto al servicio de una novela hilarante que entronca con la tradición satírica de las letras españolas, género capaz de infiltrar con clarividencia la crítica más incisiva en la carcajada más espontánea, y que ha sido galardonado con el Premio Biblioteca Breve 2014.
Todo es posible en estos encuentros. Si algo puede acabar mal, terminará peor en unas jornadas que difícilmente podrán volver a convocarse. Un recorrido por las miserias del mundillo poético en una comedia de enredos que, a pesar de su mordacidad, no está exenta de cierta dosis de ternura, la auténtica receta del buen humor. Un perfecto dominio del lenguaje, la brillantez lúdica en el tono solemne del narrador y la parodia gamberra de la trama son los ingredientes que Fernando Aramburu ha puesto al servicio de una novela hilarante que entronca con la tradición satírica de las letras españolas, género capaz de infiltrar con clarividencia la crítica más incisiva en la carcajada más espontánea, y que ha sido galardonado con el Premio Biblioteca Breve 2014.
Años lentos
A finales de la década de los sesenta, el protagonista, un niño de ocho años, se va a San Sebastián a vivir con sus tíos. Allí es testigo de cómo transcurren los días en la familia y el barrio: su tío Vicente, de carácter débil, reparte su vida entre la fábrica y la taberna, y es su tía Maripuy, mujer de fuerte personalidad pero sometida a las convenciones sociales y religiosas de la época, quien en realidad gobierna la familia; su prima Mari Nieves vive obsesionada por los chicos, y el hosco y taciturno primo Julen es adoctrinado por el cura de la parroquia para acabar enrolado en una incipiente ETA. El destino de todos ellos –que es el de tantos personajes secundarios de la Historia, arrinconados entre la necesidad y la ignorancia– sufrirá, años después, un quiebro. Alternando las memorias del protagonista con los apuntes del escritor, Años lentos ofrece además una brillante reflexión sobre cómo la vida se destila en una novela, cómo se trasvasa el recuerdo sentimental en memoria colectiva, mientras su escritura diáfana deja ver un fondo turbio de culpa en la historia reciente del País Vasco.
miércoles, 4 de enero de 2017
El vigilante del Fiordo
El «vigilante número 155» es un hombre de mediana edad destinado a una inhóspita cabaña solitaria, en las orillas de un fiordo noruego, con la misión de alertar de la presencia de terroristas en la zona, por lo que debe permanecer día y noche ojo avizor. Esa situación de pesadilla, íntimamente relacionada con el enloquecedor sentimiento de culpa que asedia a un funcionario de prisiones, conforma la atmósfera claustrofóbica del relato que da título a este excepcional libro de cuentos. Y algo de esa angustia provocada por el terrorismo se reconoce también en «Chavales con gorra», donde el miedo empuja a un matrimonio a huir de ciudad en ciudad, o, ya en su máxima expresión, en «Carne rota», un mosaico impactante a partir de las vivencias de varios personajes en la tragedia del 11-M. Otras conmociones más íntimas se recrean en la historia del adolescente que descubre la catadura moral de su padre durante unas vacaciones; en el personaje que se encuentra cada día con el dolor de una mujer que llora en una estación de metro, o en el que asiste a su propia muerte.
Viaje con Clara por Alemania
Clara, que ha recibido el encargo de escribir una guía personal de Alemania, convence a su pareja para tomarse un periodo sabático y viajar juntos por el norte del país. Para ella significa la oportunidad de rematar una obra inspirada. Para él, en cambio, un extranjero que lleva pocos años en el país, será ocasión de unas vacaciones placenteras, con el solo inconveniente de visitar museos... o librerías donde preguntar por el libro publicado de su mujer. Pero por más que el recorrido y las actividades estén organizados al germánico modo, enseguida surgen problemas: menores algunos, como las jaquecas de ella o sus crisis de inspiración, que obligan a Clara a quedarse en el hotel y a él a realizar el correspondiente reportaje; otros más graves, como la irrupción de la familia alemana, o de algunos amigos de un ecologismo radical, que proporcionarán al viaje sus momentos más hilarantes y más enternecedores. La clave, como ya ha descubierto el lector, es que estamos leyendo la crónica que él, que no es escritor, se ve obligado a redactar para recoger todo aquello que la guía de su mujer ha obviado.
Los peces de la amargura
Hacía tiempo que Fernando Aramburu quería escribir sobre personajes y escenarios vascos. Y ha esperado hasta intuir cierta madurez como escritor para dejar su particular testimonio literario sobre el espinoso tema de la violencia etarra y sus derivados. Un padre se aferra a sus rutinas y aficiones, como cuidar los peces, para sobrellevar el trastorno de una hija hospitalizada e inválida; un matrimonio acaba fastidiado por el hostigamiento de los fanáticos contra un vecino y esperan que éste se decida a marcharse; un hombre hace todo lo posible para que no lo señalen, y vive aterrado porque todos le dan la espalda; una mujer decide irse con sus hijos sin entender por qué la acosan. A manera de crónicas o reportajes, de testimonios en primera persona, de cartas o relatos contados a los hijos, Los peces de la amargura recoge fragmentos de vidas en las que, sin dramatismo aparente, sólo asoma la emoción –a la par que el homenaje o la denuncia– de manera indirecta o inesperada, es decir de la manera más eficaz. Es difícil empezar a leer las historias en principio modestas, de una engañosa sencillez de Los peces de la amargura, y no sentirse conmovido, sacudido –a veces, indignado– por la verdad humana con que están hechas, una materia extremadamente dolorosa para tantas y tantas víctimas del crimen basado en la excusa política, pero que sólo un narrador excepcional como Aramburu logra contar de manera verídica y creíble. La variedad y originalidad de los narradores y de los enfoques, la riqueza de los personajes y sus diferentes vivencias logran componer, a modo de novela coral, un cuadro imborrable de los años de plomo y sangre que se han vivido en Euskadi.
Bami sin sombra
Bami es una chica tan callada que, en casa, su padre a veces la obligaba a hablar. Cuando éste desaparece arrastrado por una riada, la madre de Bami decide ahorrarle a su hija una «vida estéril» en un pueblo de montaña y la envía a Antíbula, ciudad donde reside uno de sus hermanos. Bami entonces promete mostrarse más comunicativa con la gente y aprender a desobedecer, al tiempo que acepta el encargo de su maestra: entregar un misterioso mensaje a alguien que vive en cierto edificio de la ciudad. Sin embargo, a causa de un trágico suceso a bordo del barco que la lleva a Antíbula, Bami se convierte en una chica sin sombra. Entre el sueño y la realidad, o la vida y la muerte, Bami recorre las calles hasta dar con el edificio donde deberá entregar el mensaje de la maestra. Inicia entonces una difícil ascensión a través de un inquietante laberinto habitado por gente extraña, mientras en su memoria resuenan las cálidas voces de su madre, de su maestra, de sus recuerdos.
Fuegos con limón
Traten de ponerse por un instante en la piel de cualquier editor atento en el momento en que cae en la cuenta de que el manuscrito que está leyendo, salido del inagotable caudal de textos inéditos que invade su despacho, es una obra sobrecogedora, escrita con la maestría de un novelista ya en plena posesión de su estilo. Como no ocurre con frecuencia, imaginen su sorpresa, su deslumbramiento y finalmente su estado de euforia. Así apareció de repente hace unos meses Fuegos con limón, de Fernando Aramburu, quien estuvo escribiendo esta novela durante ocho años y que la envió sin otra recomendación que su nombre y su dirección en Alemania.
En realidad, parecía que Aramburu iba para poeta, surrealista y ácrata, cuando a los veintidós años publicó dos libros de poemas —Ave sombra y El librillo— en su ciudad natal. Pero luego decidió que más le valía reservar su ahínco y su tiempo para acercarse poco a poco, en sus propias palabras, «a los diferentes objetivos literarios que he ido imponiéndome» y a explorar su talento hasta encaminarlo con paso ya decidido hacia Fuegos con limón.
Hilario Goicoechea inicia sus estudios universitarios en el convulso San Sebastián de fines de los años setenta. Hijo de una familia obrera, de la que le separan intereses y mutuos recelos, tímido por naturaleza, ha sido sin embargo tocado por el duende de la poesía. Por casualidad, entra a formar parte de un pintoresco cenáculo literario, La Placa, compuesto por jóvenes literatos, provocativos y arrogantes, que aspiran a encarnar todos los valores subversivos del Surrealismo y que, pese a su juventud, se mueven cómodamente en las aguas del arte y del pensamiento. Mientras fustigan el asfixiante filisteísmo cultural de su entorno, tratan de darse a conocer maquinando las invenciones más extravagantes. Con ellos, Hilario no sólo padecerá las urgencias del deseo y los celos, sino que comprenderá que nada importa tanto como una página bien escrita y que el viejo sueño de hacer arte de la vida, y vida del arte, siempre termina malparado ante la terca torpeza de la miseria cotidiana.
Ironía, compasión y resentimiento, así como un constante humor no exento de crueldad, se dan cita en una novela ajena a modas y modos, en unas páginas de escritura minuciosamente cincelada y en las que cabe hallar resonancias tanto de la tradición picaresca como del más grotesco esperpento.
En realidad, parecía que Aramburu iba para poeta, surrealista y ácrata, cuando a los veintidós años publicó dos libros de poemas —Ave sombra y El librillo— en su ciudad natal. Pero luego decidió que más le valía reservar su ahínco y su tiempo para acercarse poco a poco, en sus propias palabras, «a los diferentes objetivos literarios que he ido imponiéndome» y a explorar su talento hasta encaminarlo con paso ya decidido hacia Fuegos con limón.
Hilario Goicoechea inicia sus estudios universitarios en el convulso San Sebastián de fines de los años setenta. Hijo de una familia obrera, de la que le separan intereses y mutuos recelos, tímido por naturaleza, ha sido sin embargo tocado por el duende de la poesía. Por casualidad, entra a formar parte de un pintoresco cenáculo literario, La Placa, compuesto por jóvenes literatos, provocativos y arrogantes, que aspiran a encarnar todos los valores subversivos del Surrealismo y que, pese a su juventud, se mueven cómodamente en las aguas del arte y del pensamiento. Mientras fustigan el asfixiante filisteísmo cultural de su entorno, tratan de darse a conocer maquinando las invenciones más extravagantes. Con ellos, Hilario no sólo padecerá las urgencias del deseo y los celos, sino que comprenderá que nada importa tanto como una página bien escrita y que el viejo sueño de hacer arte de la vida, y vida del arte, siempre termina malparado ante la terca torpeza de la miseria cotidiana.
Ironía, compasión y resentimiento, así como un constante humor no exento de crueldad, se dan cita en una novela ajena a modas y modos, en unas páginas de escritura minuciosamente cincelada y en las que cabe hallar resonancias tanto de la tradición picaresca como del más grotesco esperpento.
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